Entonces, se convierte en sólido árbol que ahogará a su anfitrión. No es
un parásito chupador de la savia ajena. Es que, siendo tan cariñoso, sus
afectos tienen tal vigor que ahogan en sostenidos abrazos. Muchas veces,
los pajaritos defecan en las propias horquetas del Guapo’y.
Las semillas tragadas el día anterior, germinan allí y crecen abrazándose
al padre, con peligroso cariño. Eso le da la mala fama que tiene para
endilgarle todos los estigmas posibles: Traga palo, Asesino, Traicionero,
Desagradecido y otros epítetos antojadizos.
Verdaderamente es un constrictor vegetal, que luego de aprovechar la
hospitalidad, estrangula lentamente a su anfitrión. Aún así, ¿acaso puede
hablarse de maldad entre los árboles? Ninguno lleva ése sentimiento en sus
savias. Se trata solamente del impulso de sobrevivir.
Pero, desde otros aspectos, el Guapo’y, ofrece varias bondades. Machacando
sus ramas, se extrae un líquido lechoso muy bueno como purgante que
también combate la anquilostomiasis y otros parásitos intestinales. Si
crece en el suelo, se transforma en gigantesco árbol, capaz de cobijar
bajo su sombra lo equivalente a una casa. Además, pueden ser usados sus
perfiles como metafórica figura en la que, una insignificante semilla,
abate al más fornido árbol o destruye un antiguo edificio, si no se toman
precauciones.
Sin dudas, el Guapo’y es de cuidado. Siendo sus higuitos muy apetecidos
por los pájaros, su población aparece por todas partes. Al hacerse
ciudadano, no desprecia ningún lugar para echar raíces. Sus diminutas
semillas se instalan en la corteza de árboles, en techos y rajaduras de
paredes. Si se las deja crecer a su arbitrio, hasta derrumbará la casa.
En
ése caso: ¡Cuidado! Ha nacido un gigante. La pequeña plántula puede estar
agazapada en cualquier sitio y su desarrollo conlleva muchos riesgos, ya
esté en intersticios de la vereda, muralla, zócalo, techo o cualquier otro
lugar. No respeta ni los edificios históricos. Por supuesto, él nada
conoce de historias, sólo sabe que ésas casas antiguas les ofrecen
murallones de adobe, ideales para germinar y crecer. En cuanto alcance la
feracidad de la tierra, sus raíces podrán hender las paredes o lo que
fuere. Aunque su madera es blanda, casi fofa, en la medida de su
crecimiento, sus raíces se constituirán en poderosas garras.
Conozco muchas historias sobre el Guapo’y, además de una hermosa leyenda
aborigen. Recuerdo que, a poca distancia del casco de una estancia en Tava-i,
había uno tan grande que parecía un galpón. Según me contó el Capataz,
creció ahogando a su protector, una palmera de Yata-i, para convertirse en
árbol de grandes dimensiones con un enorme espacio de sombra. Copudo y
útil, un día, por estar sobre suelo muy arenoso, intensas lluvias
aflojaron sus sostenes y una tormenta lo derrumbó. Pero, sin amilanarse,
con sus raíces al aire, improvisó otras que sirvieron de anclaje y
sustento. Acostado, siguió manteniendo su monumental cáliz. Lo utilizaban
como lugar de desensille de los montados, para dejar a su sombra el sulky
o el carro, y como depósito de postes que se apilaban parados entre sus
innumerables y gruesas raíces formando un verdadero laberinto, refugio de
cluecas y otros animalitos. Era realmente portentoso el servicio que
prestaba a la peonada durante los momentos de descanso y espera.
En
la ciudad, es combatido en todas formas. Es cierto que, si se lo deja
prosperar, los daños causados son importantes pero, muchas veces, es la
misma desidia del propietario, la que permite que se ocasione el
perjuicio, por no sacarlo a tiempo de su pared o techo. La culpa no es
sólo del árbol. Es común escuchar el ulular del viento entre sus hojas,
como es común que se le endosen las peores calumnias. El Guapo’y no se
inmuta por ello, sigue siendo un constrictor vegetal, una boa que va
ajustando sus anillos en lento y letal crecimiento, pero se trata de su
sobrevivencia." Auspicia:
DODGE |